La afición por las tormentas, ¿por qué surge?, ¿qué nos hace a unos cuantos locos enamorarnos de lo que muchos consideran negativo y dañino, generador de miedos infantiles y perfecta ambientación de películas de terror?. En mi caso no sé cual es la respuesta; sólo sé que, casi sin darme cuenta, pasé de ser un niño que ignoraba estos fenómenos como cualquier otro, a un adolescente deseoso de ver relámpagos, oír truenos, sentir el ruido del granizo al caer y cualquier cosa relacionada con las tormentas que se presentara ante mis ojos. Por supuesto, esta afición la mantengo hoy día, pasada ya la treintena de años sobre este mundo.
Foto1. Cuando las nubes se tornan tempestuosas.

Foto2. Mammatus pincelando el cielo con sus extrañas y siniestras formas.
Vivo en un lugar falto de lluvias, de los más secos de nuestra península, a duras penas logran caer 300 mm al año, pero sin embargo, me encuentro cerca de un lugar propicio para la formación de buenas nubes de desarrollo vertical que de vez en cuando descargan potentes tormentas, o si no, al menos dejan testimonio de su belleza en los cielos. Cieza, mi pueblo, se encuentra en el valle o depresión del Segura en su Vega Alta, cerca del escenario donde suelo fotografiar los cielos, los límites provinciales de Murcia y Albacete, entre los términos municipales del ya mencionado pueblo murciano y el castellano-manchego de Hellín.
Foto3. Rayos, la atracción de las tormentas nocturnas.

Foto4. Reacción en cadena.
Es precisamente la comarca semiárida de los Campos de Hellín la que suele poblarse a menudo de nubes convectivas durante el estío y, con un poco de suerte, deja ver de vez en cuando alguna fuerte tormenta cruzando sus cielos, como antes ya he comentado. Estas tormentas suelen gestarse en las montañas del interior del Sureste peninsular, sobre todo en las comarcas altas del Noroeste de Murcia y en la Sierra de Albacete, al suroeste de esa provincia, a veces con una precisión geográfica y temporal casi milimétrica y ajustada al minuto durante los meses de verano.
Foto5. Atardeceres en tiempos de tormenta.
Foto6. ¿No resulta maravilloso?.
Foto7. Llanuras de esparto a merced de las tormentas.
Muchos sostienen que este sitio es meteorológicamente aburrido, quizás únicamente se basan para afirmar tal cosa en la cantidad total de precipitación, ciertamente muy escasa. Yo intento ir más allá de unas simples cifras pluviométricas, disfrutando de todos y cada uno de los meteoros, de la irregularidad de esa escasa lluvia, y sobre todo, del aspecto estético o paisajístico de este mundillo, más que del técnico o científico que, he de confesar, dejo más de lado. Así, más que aburrida esta zona del Sureste en cuanto al devenir del tiempo atmosférico, me parece una auténtica joya como humilde observador del bajo cielo, como suelo distinguir yo, para no confundir mi afición con la de la astronomía (el alto cielo).
Foto8. Los colores son a veces los protagonistas.
Quizás fueron las inundaciones otoñales de los años 80 en la cuenca media del Segura, las más abundantes tormentas de verano de esa misma década, la inusual gran nevada de febrero de 1983 ..., no lo sé, ya lo dije antes, no encuentro en mi memoria el punto de inflexión que todos los “meteolocos” hemos tenido para empezar a mirar hacia el cielo de forma distinta al resto de mortales, aunque quizás estén aquellos que carezcan de tal punto, vamos, que lo sean de nacimiento, todo es posible.
Foto9. La llegada de la lluvia, la invasión de la tormenta.
Soy de aquellos capaces de contemplar el quehacer de un cúmulo minutos y minutos, de un cumulonimbo hasta horas, y de todo un cielo una tarde entera. De aquellos que se ponen de los nervios cuando oyen un trueno, cuando miran las imágenes de satélite que atestiguan la formación de grandes torres nubosas; o en los momentos que llueve, que hay niebla, que el cielo se torna rojo al amanecer o al atardecer y más y más ..., no pararía.
Foto10. El estirón del adolescente.

Foto11. La madurez y la fuerza.
Pero falta comentar la otra gran parte, la fotografía. Siempre puestos mis ojos en ella pero nunca practicante de la misma, hasta la llegada de la revolución digital, que me hizo dar el paso hacia ese otro gran mundo, tan atractivo para el “meteoloco”.
Foto12. La luz y el cumulonimbo.

Foto13. Ventana hacia el cielo entre un marco de tormentas.
En definitiva, estoy muy contento y orgulloso de incluir entre mis aficiones a ésta que nos une a cada vez mayor número de personas, y que gracias a los tiempos modernos, y en concreto a internet, nos ha permitido a muchos conocernos tras años y años de no saber que existían “otros” tan raros como nosotros mismos, pero en definitiva compartiendo las mismas sanas inquietudes por una parte de la ciencia, una parte de la naturaleza, una parte de nuestro entorno cotidiano.
Foto 14. Olvidemos el azul del cielo.
No quiero terminar sin mostrar mi agradecimiento a todos los aficionados a la meteorología que he conocido en los últimos años, en los últimos tiempos, y nada más que por eso, por haberlos podido conocer, por poder compartir con ellos estos momentos, como el que intento transmitir ahora con estas cuatro letras y unas cuantas imágenes.
Un saludo a todos, aficionados y seguro futuros aficionados,
Jose.